Darth Kimbo Viciadillo/a

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 | Tema: Re: El hilo Católico Lun Feb 27, 2012 1:45 pm | |
| Como estos días he estado fuera no he podido seguir el hilo, cosa que se podría haber hecho por ejemplo con las lecturas de la Santa Misa del Domingo. Como no lo hice ayer y ni siquiera fui, lo leeremos en diferido. Para ello usaré la guía de citas Bíblicas de los Domingos de Cuaresma que cogí de mi parroquia el Miércoles de Ceniza, la versión de la Biblia que uso es la Reina-Valera 1960 que alberga el sitio BibleGateway.com. Para amenizar un poco la lectura os pongo una foto en 3d que hice este fin de semana, para verla bien, como sabréis, tenéis que mirar cada foto con un ojo (la izquierda con el izquierdo y la derecha con el derecho):  PRIMERA LECTURA Génesis 9, 8-15 Y habló Dios a Noé y a sus hijos con él, diciendo: "He aquí que yo establezco mi pacto con vosotros, y con vuestros descendientes después de vosotros; y con todo ser viviente que está con vosotros; aves, animales y toda bestia de la tierra que está con vosotros, desde todos los que salieron del arca hasta todo animal de la tierra. Estableceré mi pacto con vosotros, y no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra. Y dijo Dios: Esta es la señal del pacto que yo establezco entre mí y vosotros y todo ser viviente que está con vosotros, por siglos perpetuos: Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra. Y sucederá que cuando haga venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes. Y me acordaré del pacto mío, que hay entre mí y vosotros y todo ser viviente de toda carne; y no habrá más diluvio de aguas para destruir toda carne. SALMO RESPONSORIAL Salmo 24 De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan. Porque él la fundó sobre los mares, Y la afirmó sobre los ríos.
¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?
El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni jurado con engaño.
El recibirá bendición de Jehová, Y justicia del Dios de salvación.
Tal es la generación de los que le buscan, De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob. Selah
Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria.
¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla.
Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria.
¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, El es el Rey de la gloria. Selah SEGUNDA LECTURA I Pedro 3, 18-22Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo, quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades. EVANGELIO Marcos 1, 12-15Y luego el Espíritu le impulsó [a Jesús] al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían. Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. Sobre las lecturas del Primer Domingo he encontrado una buena reflexión de José María Vegas, que se reproduce en cursiva a continuación: El primer domingo de cuaresma aborda las tentaciones de Jesús. Frente al carácter más detallado con que Mateo y Lucas nos narran este episodio misterioso de la vida de Jesús, Marcos, con su peculiar austeridad, nos da una breve noticia del hecho, sin mayores precisiones. Esto nos da pie para reflexionar sobre el hecho de la tentación como tal, al que Jesús se somete voluntariamente (“dejándose tentar por Satanás”). Nos enfrentamos, en realidad, con el misterio del mal, pues la tentación incita al pecado. Se plantea la espinosa cuestión: ¿por qué permite Dios que seamos tentados? Es más, ¿por qué permite el mal? ¿Qué hace contra él? La tentación, como la misma palabra indica, es una “tienta”, un “tanteo” que algo o alguien nos hace, ofreciéndonos motivos para que realicemos una determinada elección; es un sondeo, un ataque, una incitación, pero al mal. Puesto que es una incitación al mal, no se puede aceptar que ésta proceda de Dios: “Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y Él no tienta a nadie” (St. 1, 13). La tentación es algo propio de la condición humana que, por la libertad que ha recibido de Dios, está llamada a perfeccionarse a través de sus decisiones. Esto significa que parte de una imperfección, de una desarmonía o falta de unificación inicial de sus diversas dimensiones (sentidos, razón, voluntad, relaciones, etc.), que él mismo debe ir remediando eligiendo entre las posibilidades que va encontrando en su camino. Por eso leemos en el libro del Eclesiástico: “Dios hizo al hombre al principio y puso en sus manos su propio destino” (Si 15, 14). Las posibilidades que se nos ofrecen son muy variadas: existen bienes puramente materiales, instrumentales, otros, agradables, otros más exigentes, como los estéticos o los intelectuales, o, en un grado todavía superior, los morales y los religiosos. Todos son “bienes” y todos son necesarios. Pero entre ellos existe un orden de jerarquía en cuanto a su importancia. La tentación consiste en sentir la atracción de un bien de cierto nivel, pero a costa de la desatención o el sacrificio de otros más elevados. Cuando hacemos una “mala” elección (por ejemplo, elegimos algo agradable a costa de los derechos o las esperanzas de otra persona, o de nuestra salud o de nuestra dignidad), lo hacemos por un cierto bien, pero de manera que lesionamos un bien mayor. De ahí que el mal sea ante todo una ausencia o un defecto de bien (como el frío es una ausencia de calor y la oscuridad una falta de luz. Esto no quita importancia y gravedad al mal: pues los bienes lesionados o destruidos por la búsqueda desordenada de otro menos digno (poder, riqueza, etc.) pueden ser enormes. Pensemos en el cáncer de la droga o de la pornografía infantil, en que unos miserables, por acumular dinero, destruyen miles de vidas humanas. Es importante subrayar que la tentación no es el mal (moral, voluntario). Somos tentados por causa de nuestra condición humana (de nuestra propia libertad, real, pero limitada); pero no hay pecado mientras no haya un consentimiento de nuestra libertad. Jesús, empujado por el Espíritu fue al desierto, al lugar de la experiencia de Dios y de la elección, pero también de la prueba. El pasar por ella forma parte de la realidad de su encarnación y de su misión salvadora: “Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba” (Hb 2, 18). “Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas, excepto el pecado” (Hb 4, 15). Se dejó tentar porque aceptó la condición humana con todas sus consecuencias. Pero su voluntad eligió siempre a Dios, mostrando que el pecado (a diferencia de la tentación) no es algo inevitable; y dándonos la posibilidad de, en Él, hacer la misma elección. Dios consiente la tentación porque acepta el riesgo de la libertad que incluye la posibilidad de un mal uso de la misma. Sólo a través del proceso de prueba y dificultad puede el hombre madurar, adquirir la sabiduría de la unificación interior, aprender a discernir el bien del mal de modo concreto (y no sólo teórico). La prueba del sufrimiento purifica y justifica al hombre. Así se manifiesta definitivamente en Cristo, el justo sufriente. Dios consiente la tentación, pero, ¿qué hace contra el mal? ¿Por qué lo consiente? Si Dios y el mal son incompatibles, ¿cómo conciliar la existencia del mal con la existencia de Dios? El mal es el resultado de un abuso del bien de la libertad humana; no es un destino inevitable y ciego, pues, en tal caso no habría responsabilidad ni pecado: en la idea misma de mal moral está implicada la conciencia de que “esto debería haber sido de otra manera”. La libertad humana, pese a su limitación, es inalienable: nadie puede querer por mí, nadie puede querer por otro, ni siquiera Dios, pues nadie puede “querer sin querer”. Si esto es así, ¿qué puede hacer Dios ante el mal cometido por nosotros voluntariamente? Dios podría evitarlo sólo de dos maneras: o destruir al hombre, o anular su voluntad (reduciéndolo a una marioneta). Pero Dios no hace ni lo uno ni lo otro. Aquí conviene recordar lo que con tanta fuerza leemos en la primera lectura: “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes… Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.” Unos versículos más adelante, dice el texto del Génesis que Dios dijo en su corazón: “Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente, como lo he hecho” (Gn 8, 21). Hay que entender estos textos en el sentido preciso de que Dios no realiza nunca el mal, nunca lo ha hecho (atribuirle el diluvio y cualquier otra desgracia es un antropomorfismo explicable, pero demasiado primitivo), y, es más, no puede hacerlo. Porque el mal es un defecto de bien, una especie de nada, de agujero en el ser. Y Dios es sólo creador, y al crear introduce bien en el mundo. El mal de ningún modo puede proceder de Dios, porque el mal consiste en alejarse de Él, la fuente del ser y de todo bien. Intervenir para evitar el mal sería, no sólo una intromisión en nuestra libertad (de la que tan celosos somos para hacer “lo que nos da la gana”, pero de la que tan fácilmente nos desmarcamos, cuando se trata de asumir la propia responsabilidad), sino un acto “destructivo” incompatible con la realidad de Dios. Así pues, Dios no destruye nada, y responde al mal sólo con el bien. Por eso no destruye al gran tentador, Satanás, y a sus ángeles: porque son criaturas suyas y, aunque han usado mal su libertad rebelándose contra Dios, Él pese a todo las mantiene en el ser. Por eso Jesús eligió a Judas. Judas estaba llamado a ser apóstol, esa era su vocación, pero fue infiel y traicionó a Jesús (y no se arrepintió, que podía haberlo hecho). Es el misterio de la libertad que Dios respeta. Se podría objetar que existe otra posibilidad: que Dios, cuando cometemos determinados pecados, nos envíe un castigo para escarmentarnos. Pero esta es una hipótesis imposible. En primer lugar, porque como ya se ha dicho, Dios no hace nunca el mal. Pero además, porque si existiera un nexo claro entre pecado y castigo divino (un castigo en este mundo, como una enfermedad, una desgracia, un terremoto, etc.), entonces todos nos abstendríamos de hacer el mal, sí, pero sólo por la cuenta que nos tiene, por temor al castigo, y no por amor del bien, no de manera realmente libre. Nos convertiríamos en algo parecido a las marionetas de antes. No seríamos malos, pero tampoco podríamos ser buenos, eligiendo el bien por amor del bien mismo. Sencillamente no seríamos humanos. El castigo del pecado no es cosa de Dios: el ser humano se castiga a sí mismo cuando se aleja de Dios. A veces este castigo es evidente ya en este mundo; como solemos decir, “en el pecado está la penitencia”: el mal que cometemos puede volverse contra nosotros y frecuentemente lo hace. El drogadicto experimenta en su cuerpo, en su mente, en su espíritu, en sus relaciones, los estragos que produce la droga. Pero esto no siempre es así: muchos malvados se van de rositas y muchos justos sufren sin merecerlo. Por eso, mientras dura el tiempo de nuestra responsabilidad en este mundo, somos nosotros los que tenemos que esforzarnos por introducir justicia y bondad en el mundo. Para eso nos ha dado Dios la libertad responsable y la conciencia, y múltiples indicaciones de en qué consiste el bien, y que alcanzan su cima en el mismo Jesús. Y, después, cada uno habrá de dar cuentas de sus acciones. La vida hay que tomársela en serio. Pero Dios hace todavía otra cosa ante el espectáculo del mal: no sólo se somete a la tentación, sino también a las consecuencias injustas del mal voluntario: con los que padecen com-padece; y se pone del lado de las víctimas, haciéndose él mismo víctima: “Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables”. De esta manera, Jesús ilumina con su luz nuestra historia tormentosa y plagada de males. Podemos tener la tentación (otra tentación más, la del pesimismo) de pensar que en este mundo vivimos entre alimañas, y que hay sólo alimañas. A veces nos parece que sólo actúa Satanás, el tentador (no lo olvidemos, el tentador, pero el mal depende de nuestro acuerdo). Pero en este desierto en que Jesús se dejó tentar por Satanás viviendo entre alimañas, también estaban los “ángeles que le servían”. Hay que tener también ojos para esos ángeles servidores, y que no son sólo ángeles alados, sino también ángeles humanos, que viven haciendo el bien, sirviendo a Cristo en sus hermanos. Jesús está entre nosotros, compartiendo con nosotros nuestras limitaciones, nuestras tentaciones y, sin tener pecado, experimentando sus consecuencias. Y nosotros podemos ser, en torno a Él, o alimañas que le acosan en búsqueda de su botín, sucumbiendo a la tentación del egoísmo y sirviendo al Tentador, o ángeles que hacen el bien y le sirven en sus (nuestros) hermanos. De nuestra libertad depende de qué lado queremos estar. Y si nos encontramos con que a veces nuestra debilidad nos pone del lado de las alimañas, sepamos que Jesús hace todavía otra cosa más contra el mal: anunciarnos el perdón de Dios (esa es una de las expresiones de la cercanía del Reino) y darnos la posibilidad de la conversión. |
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